Democracia y resentimiento

Alexander A. Ramírez M.

No hay peor acción que la que se basa en el resentimiento; el resentimiento sembrado en los ciudadanos, que tiene origen en el acto de desacreditar y de no reconocer el clamor de los sectores gremiales o representativos, es una mala semilla y a la postre una mala política. Los gobiernos que dejan de reconocer algún sector, por pequeño que parezca, abren una brecha que los debilita y contrarían su valor conciliador y omniabarcador, dejando de atender la voluntad de algún sector.

Usualmente, los sectores, la gente, se comienzan a identificar con el sector no reconocido o excluido y termina por convertirse en un aluvión de personas que por resentimiento, por falta de reconocimiento exige su espacio. En fin, nadie debe actuar usando como base el resentimiento, ya que lo que comienza mal, termina mal. Las decisiones que se toman, usando la emoción negadora o por instinto de auto preservación, no pueden tender a otra cosa que no sea la violencia, la imposición de uno sobre otro.

Las decisiones que el hombre toma voluntariamente, se alimentan de la razón y de la emoción, no en oposición, sino en complemento. No estamos totalmente determinados y tampoco somos puramente emocionales. El que renuncia a alguno de estos componentes se pone en desventaja por voluntad.

La democracia es el reconocimiento de la voluntad de todos los sectores, estructurados o no, para conciliar los intereses y salvaguardar los derechos de unos con relación a los derechos de los otros. Es un ceder y tomar espacios en la consecución de un plan que procure algún bien para todos, aunque estén a favor o en contra. Hay que recordar que en el mejor de los casos, los que están en contra del gobierno no necesariamente están en contra de un proyecto de un mejor país. En muchos casos lo que los impulsa son sus intereses y la función del estado es de equilibrar esta lucha de grupos de interés. El gobierno se debe encargar de que esta lucha se dé de acuerdo a un plan preconcebido bajo las reglas del estado. El gobierno no se puede convertir en el que promueve la desigualdad en el trato. El gobierno debe por sobre todo y todos respetar a aquellos que le dan origen a la democracia, a sus ciudadanos, al pueblo, a la gente, a las comunidades, a las personas, a todos. En fin, el que tiene el pie del pueblo en el cuello es el gobierno y no al revés.

Es difícil entender cómo un pueblo es capaz, con base en el resentimiento, o al susodicho voto castigo, de elegir un gobernante, que aunque se mide de forma democrática en una contienda electoral, no ha demostrado su vocación democrática, sino por el contrario, ha tratado irrumpir en el funcionamiento de la democracia por la fuerza.

Parece que el que trasgrede el orden se gana el respeto. Debe ser por la impotencia y frustración acumulada que preferimos hacer borrón y cuenta nueva. Me pregunto: ¿Qué le hace pensar a una persona, que representa la voluntad de un pueblo cuando nadie lo ha elegido o le ha otorgado esa investidura? ¿Será un líder el que se impone o el que propone? Un pensamiento de esta manera me parece patológico.

Aquel que no es capaz de trabajar bajo las reglas, no es digno de representar al estado.

Por el contrario se hace digno de su reprimenda. Cuando un pueblo, sobre la base del castigo, elige un gobernante de origen no democrático yo me pregunto: ¿Castigo para quien?, ¿Por unos pagamos todos?, ¿De verdad un militar que fracasa en su intento de hacerse en el poder por la fuerza, merece una oportunidad de tal trascendencia?. Debo admitir que en la voluntad del pueblo reside la majestad de la Democracia y a ella nos sometemos. Aunque no por eso claudicamos en expresar nuestra inconformidad. Este escenario parece que se repite últimamente con frecuencia preocupante en Latinoamérica.

La democracia sin mecanismos de participación que la enriquezcan, que la hagan más específica y clara, sin necesidad de los intermediarios o representantes, jamás será capaz de representar la voluntad de todos. De hecho cuando se elige a un gobernante, los electores no necesariamente están de acuerdo con todas sus propuestas. Las refrendas que se realizan para aprobar una constitución en muchos casos se aprovechan para cambiar aspectos de la legalidad que no todo el mundo aprueba. Al final un mecanismo democrático se convierte en un caballo de Troya, que puede convertirse en un instrumento en contra de sí misma.

Este tipo de uso del sistema democrático evidencia su debilidad y le da sentido a la existencia de organismos internacionales que se comprometen en la defensa de la voluntad de los pueblos y en el mantenimiento de los sistemas democráticos. Las dos formas conocidas de la democracia son la participativa y la representativa. Una democracia no se puede llamar participativa si no existen mecanismos para que se manifieste. Los mecanismos de participación no se pueden reducir a la elección, ni a la militancia política; la opinión no estructurada también debe ser consultada. Que por cierto no reside totalmente en un presidente, sino en todos aquellos que se han sometido a los mecanismos de elección democrática.

Aquellos dirigentes favorecidos por un proceso eleccionario se convierten en representantes de la voluntad de un pueblo, sin embargo deja de tener sentido su elección si no se somete, durante su gestión, a la voluntad de los electores y no existen mecanismos que le permitan a los electores expresarle al dirigente la opinión sobre los asuntos de importancia. Se eligen los representantes sencillamente por que no todos podemos participar directamente en cada asunto importante, sin embargo no hay peor dirigente que el que a pesar de ser elegido se desentiendo de sus electores y deja de representarlos.

Si somos capaces de llenar una planilla de impuestos, cuatro veces al año, o al menos una vez al año, ¿Será mucho pedir que entreguemos nuestra opinión sobre los temas de trascendencia nacional en un anexo a la planilla de impuestos?. Aquellos que están exonerados, no pueden estar exonerados de opinar. Todos debemos opinar. Los temas que deben ser considerados en una consulta de este tipo deben ser propuestos mediante firmas, por el presidente, la asamblea nacional, los gremios representativos de algún sector, en fin por los grupos de interés. Algunos dirán que hay temas de índole técnico que no se pueden someter a la consulta popular, como los impuestos, régimen cambiario, etc. Sin embargo también debe existir la posibilidad, para los conocedores, de participar y aportar.

Las democracias denominadas, ya sea representativas o participativas, están subordinadas a su arché. Los ciudadanos le dan origen a las instituciones que servirán para mediar y en otros casos para actuar. La participación directa es importante para crear una cultura política que nos guíe en la toma de decisiones y la representación es necesaria ya que no todos podemos participar en cada tema trascendental. Los que se designen en cargos de representación de una institución deben atender a las necesidades de los ciudadanos y procurar tomar las decisiones con la mayor cantidad de elementos. Su propósito es la inclusión y no la exclusión. Su función es la mediación y no la exclusión.

Es palmario que se necesita de un mediador, para dirimir los conflictos que impone la vida en una sociedad. Para tal fin, entre otros, se crea un estado. Una de las funciones fundamentales del estado es la defensa de los derechos de sus ciudadanos y una de las labores que deben ejercer las instituciones es cristalizar esta mediación en acciones. Cuando nos embarcamos en el paro de actividades de la industria fundamental del estado, para protestar por cualquier cosa que nos parezca digno, debemos estar concientes que afectamos el derecho de los que no están de acuerdo, en este caso el estado debe defender los derechos de aquellos que no son partícipes de esta acción y en el fondo para defender los derechos de todos.

Para este tipo de situaciones se planifican las contingencias. Cuando el estado no cuenta con un plan de contingencia, sencillamente se impone por fuerza un grupo sobre otro. A esto nos referimos con la violencia. Un grupo de ciudadanos en su legítimo derecho a manifestar, afecta el libre desenvolvimiento de otro grupo de ciudadanos. El estado no debe permitir esto y debe aprender de las experiencias, para planificar y reaccionar a lo contingente. En este caso la política debe convertirse en el espacio de encuentro y de negociación. Aunque la lucha política es álgida, se debe convertir en lo mejor de la democracia. No en lo peor. Ya que a través de ella se deben dirimir, en el juego de tomar y ceder espacios, las luchas en defensa de nuestras posiciones. Nuestra capacidad para resolver los conflictos, sin exclusión, en la búsqueda de un horizonte es la muestra de nuestro progreso político.

Un elemento que hace daño y agudiza los conflictos tiene que ver con nuestra capacidad para comunicarnos efectivamente. El discurso, a veces llamado verbo, que elimina los adjetivos y promueve la conciliación, sin cinismo, suele ser beneficioso y fructífero.

El que divide y diferencia, ofendiendo y excluyendo agudiza los conflictos y mueven la discusión al plano emocional. Cuando las discusiones caen en el plano emocional comienza la violencia y cada parte busca imponerse al otro por vía del descrédito. Esa es otra manifestación de la violencia y la podríamos denominar: violencia verbal.

Los funcionarios del gobierno que conocen este fenómeno se aprovechan de este para producir una matriz de opinión. Existe una diferencia considerable entre el pronunciamiento que hace un ciudadano común y el que hace un representante del gobierno. Básicamente su trascendencia es diferente. La opinión individual no obliga a nadie, sin embargo, la opinión de un gobernante, que se supone representa los intereses de todos, no debe usarse de forma irresponsable. El fruto de un pronunciamiento oficial no debe ser el resentimiento. Sin duda, debemos referirnos a los medios de comunicación masivos. Su rol también tiene relevancia por su capacidad para penetrar a las masas. Si bien se persigue la objetividad, esta no deja de ser un ideal. Un ideal no es algo real, es un horizonte, un valor. En lugar de la objetividad me parece que el balance es lo que debe caracterizar la posición de los voceros de los medios de comunicación. El balance es tan beneficioso que puede convertir a un exguerrillero en un candidato a la presidencia. Obviamente el balance en la comunicación, no es lo único, ni lo preponderante en la escogencia de un candidato, pero si es determinante en su gestión.

Es fácil observar el discurso de muchos políticos en campaña y luego de ganar las elecciones. Cuando son candidatos suelen comparar y confrontar ideas, se busca la diferencia y se hace hincapié en las ventajas de las propuestas. Cuando se ganan las elecciones, el primer discurso, cambia de tono y se comienza a reconocer la diferencia no como una rivalidad, sino como un ingrediente necesario en la democracia. La diferencia o divergencia de opiniones es un valor que garantiza la preeminencia de la individualidad. Su fomento, es el fomento del desarrollo del hombre en su esplendor. El gobierno debe servir a éste, como un fin y no usarlo como un mero medio.

El ciudadano debe tener conciencia de que el gobierno es su servidor y no al contrario.

Al toparnos con la individualidad manifiesta en mí y patente en el otro, surge la moral. La moral definida como: un conjunto de reglas que debemos seguir, nos impone el respeto por el otro. Esta es una actitud meramente individual. En la sociedad se manifiesta por el respeto a las instituciones que representan, al menos deben, los intereses de todos. Las instituciones son los mecanismos que crea un estado para actuar. La acción en el hombre es una decisión personal. La acción del gobierno se manifiesta en las instituciones. Si las instituciones no funcionan bien, la democracia no funciona bien.

El problema más grave en el funcionamiento de las instituciones es la corrupción. La corrupción tiene infinitas maneras de manifestarse y lo más preocupante es que los ciudadanos pierdan el respeto por las mismas. En la medida que nos sentimos conformes con las instituciones, atendemos las reglas de juego. Si no la anarquía es solo cuestión de tiempo. El ciudadano que no respeta sus instituciones debe luchar por su buen funcionamiento y no ponerse al margen de ellas. Aunque toma tiempo debemos elegir el camino que fortalezca el funcionamiento de las instituciones y no el que las debiliten, ya que estamos socavando, en el fondo, las bases del funcionamiento del estado. Cuando no se respetan las instituciones lo que queda es el camino de la confrontación y el desconocimiento de las autoridades.